Quimeras

Celia

   Celia acomodó su suave pelo blanquecino ante el espejo. Colocó una horquilla en el rulo rebelde que caía en cascada sobre la arrugada frente. Al fondo, por la puerta, entraba el ajetreo matutino de enfermeras, ancianos, limpiadoras y visitas.

   Caminar desde la habitación, que se situaba al fondo a la izquierda hasta la sala de los sillones, se había vuelto un lento peregrinar, donde apoyada del brazo de la enfermera, Celia coordinaba levemente todas sus atrofiadas articulaciones. Cuando llegaba, la enfermera la sentaba en el asiento más alejado de la ventana, donde en particular, ese día de junio, no daba el sol. Aquella zona siempre estaba vacía, ya que el resto optaba por sentarse en los sillones más cercanos a la ventana, zona preferida en invierno por las vistas y en verano por la luminosidad y calor que la bañaban. En cambio Celia, se mantenía apartada y cómoda en aquel asiento. Aunque, quizás ella no lo recordaba, le gustaba desde joven el frío y la oscuridad, siempre defendió que el sol le dañaba los ojos y la piel.

   La mujer que trabajaba con Celia era ese tipo de persona que encandila a niños y ancianos con su voz aterciopelada y su rostro dulce. Se sentaba frente a ella e iba poco a poco desmarañando aquel cerebro entumecido, buscando palabras y recordándole acontecimientos pasados y actuales. Ella le enseñaba una foto de un objeto y Celia se esforzaba en recordar el nombre. Y cada vez que cerraba los ojos forzando a su memoria a recordar las palabras, se le notaban más los años traicioneros, los golpes de la enfermedad y la debilidad.

   Alba, esta joven mujer que trataba de atesorar las capacidades y recuerdos de Celia, había hecho acopio de toda la información necesaria sobre Celia, para contener el paso de la enfermedad y mantener vivas las emborronadas remembranzas.

   Celia nació una noche de febrero, tras un parto al natural intenso. Había venido al mundo sufriendo, como decía su madre, pero para buscar la felicidad. Aunque era una niña muy lista, no tuvo la oportunidad de estudiar, la economía familiar y la cultura de la época, que esperaba de ella que trabajara y se volviera un ama de casa servicial, habían imposibilitado su formación académica. Cumplió las expectativas sociales con creces. Cuando apenas tenía 17 años se casó con un hombre tres años mayor que ella. Desde el mismo momento que lo vio en el altar, supo que él sería un buen marido, al que ella correspondería con trabajo y fidelidad, pero no con amor, en el fondo de su mente conocía el porqué de los pasos que estaba dando hasta el altar, y no los guía un sentimiento romántico por aquel hombre, sino la necesidad de salir de su hogar. En aquellos años pensaba que seguir los pasos marcados, casarse, tener un hogar, hijos, conseguiría mutar su espíritu introvertido, solitario, triste y la haría florecer. Pero con los años encima, los desengaños de la vida, los problemas económicos y la dificultad para atarse a la figura de un marido, Celia se convirtió en una mujer sensible, de difícil trato y antisociable.

   Nunca consiguió tener hijos, siempre se sintió agradecida por esto, no a ningún ente celestial, sino al karma y al destino. Celia no quería traer al mundo a ninguna criatura para formar seres infelices como ella, seres que se engañen siguiendo las pautas establecidas, intentando cubrir las carencias afectivas con bienes materiales y que al final del día desearan despertar en otra vida.

    Con 75 años, un lunes de verano, a Celia le diagnosticaron Alzheimer, cuando le comunicaron el fatal diagnóstico sólo pudo suspirar profundo y reír. Sintió como toda su insulsa vida, esa vida que siempre sintió que no le pertenecía, esos años que eran como el momento inicial antes de que su verdadera vida empezara, de repente, fuera a borrarse y  se acabara la última oportunidad para ser quien quería ser, para hacer lo que quería hacer, para decir lo que quería decir. Pensó en aprovechar su tiempo de lucidez pero el miedo la paralizó. Y con los años olvidó la soledad, la injusticia social, el miedo y los complejos. Pero los seguía sintiendo en el cuerpo.

    Y entonces Celia con una sonrisa tierna en la boca, suspiró un hasta mañana, que no recordaría.

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